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amy winehouse

AMY, ¡VIVA LA MÚSICA!

Vuelta a lo negro

En una noche de calor de este verano madrileño sin fin, estuve en el cine viendo un documental, quizás, el que más me ha emocionado en los últimos años.

“Si hubiera podido, le habría dicho que su don es demasiado importante para malgastarlo. Le habría dicho que si le das tiempo a la vida, ella misma te enseña cómo vivirla”. El que hablaba es Tony Bennett. Lo hace justo al final de Amy, el controvertido documental sobre Amy Winehouse firmado por Asif Kapadia. Esta declaración de Bennett resume la vida y tragedia de una mujer condenada por el más cruel de los lugares comunes, el de ser un juguete roto.

Amy nos cuenta la historia de lagrimas de una niña de apenas 16 años, con una licenciatura en depresiones, bulimias y drogas blandas. Uno años más tarde experta en heroína, crack, cocaína, anfetaminas y cualquier otra sustancia ilegal. Para el final, por la obligación contractual de seguir adelante, el alcohol era lo que entretenía sus largos días de insomnio.

Entrevistas en “sottovoce” por debajo de todas las imágenes registradas a lo largo de su vida y la banda sonora sigue puntual el recorrido cronológico de un talento dramático y único que no deja indiferente. Música que suena a réquiem y a notas del más allá.

Los padres, que cedieron al director todo su archivo, ya han protestado. Escuchar a la madre cómo pasó por alto la dieta a base de vómitos que seguía su hija hiela la sangre, por la frialdad. Y lo hace de la misma manera que el contemplar la avaricia de un padre más preocupado por ver a su hija sobre el escenario que simplemente en pie.

De forma velada el dedo culpable está sobre la figura de Mitch Winehouse siendo el responsable directo del trágico final al que llegó Amy; no sólo por tomar decisiones equivocadas, sino sobre todo por no saber diferenciar la figura de su propia hija a la del personaje que ella misma representaba para su público y hacer de la confianza entregada de una hija su propio negocio.

Su novio, Blake Fielder, no hay forma de calificarlo. Da asco. Pero sería ingenuo y estúpido, caer en la trampa de considerar a Amy simplemente una víctima de las circunstancias sin ninguna responsabilidad sobre lo que le ocurrió. Ella tuvo gran culpa, no supo vivir su vida.

“We only said good-bye with words”

Implacable, ‘Amy’ pretende enseñar hasta qué punto las cosas están montadas para que pasen. Durante todo lo que duró la vida de la cantante, su talento no fue más que una pieza de una maquina obscena de la que se beneficiaron todos: desde su familia hasta la prensa sensacionalista, pasando por las discográficas y, apurando, hasta los ‘camellos’ de Candem.

Pero más allá del folclórico escaparate de los focos, de la celebridad, el disparate continua más allá de su muerte. ‘Amy’ se ofrece con toda la honestidad como el último capítulo de una feria de estupidez de la que Amy Winehouse acaba por ser sólo la más remota excusa.

Los padres, con toda la naturalidad del mundo, se sienten atacados, ofendidos. Pero, en realidad, su culpabilidad es perfectamente ampliable a todos. Sin excepción. A usted también. Y no me mire así. “La vida, si le das tiempo, te enseña cómo vivirla”; El problema que vivió Amy es el mismo de miles de personas anónimas que no pueden esperar que la vida les enseñe a vivirla.

Tristeza fue lo que sentí y es la misma la siento todas las veces que me enfrento al drama de personas que encuentran consuelo solo en el alcohol y las drogas. Un drama de ellos y de sus familias. Frente a ello la única cosa que podemos hacer es ser generosos y acercarnos mirando a sus ojos y poniéndonos en su piel, en sus vidas, casi siempre rotas.

Amy no era un juguete roto, NO era un juguete. A los que la rodeaban les faltó el valor de pensar solo en ella, en su vida y no a todo lo que representaba. Su vida, como la de muchas celebrities, acabadas en el abismo de la droga, nos enseña que tenemos que disfrutar la vida y conocerla día a día sin caer en las tentación de verla en los ojos de los demás.

Me quedo con su música que será eterna, mucho más que el egoísmo de aquellos que la han rodeado.

¡Viva Amy, viva la música!