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Sandy (1)

Fotos: Víctor Moreno

Esta es una parte de mi viaje a Nueva York,  donde me topé con Sandy. No es un artículo sobre el huracán porque no soy periodista, pero esta ha sido MI experiencia.

Hace años, un amigo mío me dijo: “cuando algo empieza tomate, muere tomate” y definitivamente, nuestro viaje a Nueva York empezó tomate y terminó guerrero. Guerrero, extraño y distinto.
Después de nuestro primer día en el que compramos algo de material que necesitábamos, Victor y yo paseamos por el East Village y concertamos algunas citas para nuestro reportaje sobre NY. Por la noche, empezaban a sonar las primeras noticias sobre un huracán que venía directamente a la ciudad. Un huracán que había acabado ya con la vida de muchas personas y que devastaba los lugares por donde pasaba. Había que prepararse porque pensaban que podía ser serio y las autoridades pedían a la gente que comprara agua y comida por si habían cortes de luz. Sinceramente, no me preocupé lo más mínimo. Estaba segura de que querían curarse en salud y apelé a mis prejuicios sobre una sociedad, que a menudo he considerado exagerada.
A la mañana siguiente las noticias eran mucho más extremas, ahora estaban seguros de que el huracán iba a impactar en la ciudad. La presencia de Bloomberg en televisión rogándo a la gente que permaneciera recluida en casa y que no salieran por nada en el mundo a la calle, hizo que empezásemos a inquietarnos un poco. Había que evacuar antes de las siete de la tarde toda la zona A. Las autoridades pedían a la gente que saliera de allí y se reunieran con sus familiares y amigos que vivieran en un lugar seguro.
Menos escépticos y algo confusos, Víctor y yo salimos a la calle. La luz de la ciudad era extraña y el viento, a ráfagas,  pegaba muy fuerte mientras la gente apuraba el tiempo en hacer los últimos recados. Los supermercados tenían colas infinitas y ya no quedaba pan ni agua en ningún lugar. Ahí fue cuando empecé a inquietarme de verdad. Camino al Bowery, conocí a Kaydette, una mujer que en medio de este caos, seguía con su tenderete de diademas tan tranquila. Le pregunté si ella creía que esto iba a ser tan serio y me dijo “‘cariño, soy de Florida. He vivido mil huracanes y créeme, un huracán es sólo viento y lluvia. Sólo viento y lluvia”. Sólo viento y lluvia.

Conocía a una persona que estaba alojada en Brooklyn, en la zona A en primera línea del río. Pensé que quizás pudiese necesitar un lugar donde ir en estos momentos y me puse rápidamente en contacto con él. Efectivamente, necesitaba salir de allí ya. Mientras tanto, en el hotel en el que nos estábamos alojando, una marea de gente entraba y salia. Mucha gente, no sólo turistas, gente del barrio, gente de aquí que se instaló en el hotel, ya de por sí lleno, buscaba refugio y un lugar seguro para pasar las próximas noches.
Esa noche no pude dormir por el fuerte sonido del viento. Mi habitación estaba en la novena planta.
Por la mañana, fuimos a dar un paseo. La luz era muy, muy extraña. Apenas había gente por la calle y el viento soplaba más y más fuerte.

Encontramos un pequeño supermercado abierto y aprovechamos para comprar algunas cosas de comer, por sí acaso. De vuelta al hotel, nos apuramos bastante en llegar ya que notábamos que el tiempo empeoraba por momentos. Después de esto, ya no volvimos a salir del hotel.

Enganchados a la tele. Obama, en pleno final de campaña y  jugándose todo su crédito en la gestión de esta catástrofe, recordó la importancia de seguir las recomendaciones de las autoridades estatales y locales. El presidente apeló a la responsabilidad individual y colectiva y

recordó que no cumplir las recomendaciones y exponerse al huracán, no sólo ponia en riesgo tu vida, sino también la de los grupos de rescate que podían perecer en tu ayuda. Nos encerramos los tres en la habitación, leyendo y hablando por skype con nuestra gente para tranquilizar a todos aquellos que preocupados, estaban en España. Mi abuela, en plena catarsis, me contó un chiste sobre dos tomates en una nevera. Nos tronchamos de la risa.

De forma progresiva, el viento era cada vez más fuerte. En la calle solo pasaban coches de policía, bomberos y ambulancias. Yo me sentía absolutamente expectante y los chicos bajaron al hall del hotel. Llevábamos muchas horas juntos en la habitación y pensé que era un buen momento para disfrutar de un ratito de intimidad. Al poco tiempo, tanto la lámpara de techo como la botella de agua que había sobre la mesa, empezaron a moverse. Las ventanas crujían por el viento. Bajé al hall del hotel en tiempo récord. Otros huéspedes  estaban comentando lo mismo cuando llegué.

Nos relajamos tomando algo junto a la chimenea y poco a poco, toda esta zona del hotel, se convirtió en el centro de operaciones. Todo el mundo enganchado a sus teléfonos y ordenadores. Algunos cenaban, otros celebraban y otros simplemente pasaban el tiempo. Nosotros pedimos la cena y charlamos con la gente que había por allí. Todo estaba en calma, tanto que incluso pude salir algunas veces a fumar fuera. De repente se apagaron las luces y se hizo el silencio. Al instante se encendieron las luces de emergencia y acto seguido se puso en marcha el generador. Había luz en el hall y los ascensores volvieron a funcionar mientras todo lo demás, cocina, baños y habitaciones incluidas,  continuaba a oscuras.. Repartieron velas y nos advirtieron de que nuestra cena no iba a llegar. Los porteros nos permitían salir del hotel cuando consideraban que no era peligroso. A fuera  ráfagas de viento. Ráfagas salvajes que se alternaban con la calma. Una calma engañosa que precedía a ese viento. El sonido del viento se mezclaba con un ruido parecido al de un derrumbe y de lejos las sirenas. Las calles estaban completamente a oscuras.
Entre nosotros circulaban todo tipo de rumores. Que si había explosiones, que si se había caído un edificio justo al lado, etc.. El personal del hotel fue increíble, en mayúsculas, con nosotros. Se preocuparon en todo momento de que estuviésemos tranquilos y confortables.
En unas horas el viento empezó a disminuir. Nos fuimos a dormir, había sido un día muy largo y estábamos reventados.
Tengo amigos que viven en otras zonas de la ciudad y que vivieron esta experiencia de forma totalmente distinta. Algunos mejor y otros, por desgracia, muchísimo peor. Nuestro hotel se encontraba en el Down Town. No fue la zona más afectada, pero tampoco quedó libre de consecuencias. Y  claro que pasamos algo de miedo, pero en ningún momento temí por nuestras vidas. Nuestra situación era privilegiada, desde luego.
El día anterior, me habían pedido que hiciera una conexión en directo para Antena3 a las nueve de la mañana, cuatro de la madrugada en Nueva York. Éramos tres en la habitación, no quería despertarles y además estaba tan dormida que desde este lado entrar en directo me parecía muy surrealista. Cuando escuché las palabras del corresponsal que hablaba en Espejo Público antes de entrar yo, contando las primeras consecuencias del paso de Sandy, me quedé en shock. No sé ni lo que dije. Sólo sé que no me salían las palabras.
A la mañana siguiente, fuimos conscientes poco a poco de todo lo que había sucedido.
Ahora, pienso en todas las personas que han muerto. Pienso en el miedo que habrán pasado. Pienso en sus familias y amigos y también pienso en lo devastador que es un fenómeno natural como éste. Pienso en la impotencia y lo pequeña que te sientes frente a algo tan poderoso. Pienso en todas las víctimas que ha dejado Sandy tras de sí y en las personas que han perdido su casa. Pienso en Estados Unidos y Canadá. Pienso en Jamaica,  República Dominicana, Bahamas y Bermudas. Pienso en Cuba. Pienso en Haití.