Una historia de tantas

20Foto de Noemí Elias

Como casi todas las mujeres que conozco, he vivido a lo largo de mi vida más de una situación en la que me he sentido intimidada, violentada o directamente en peligro, por parte de un hombre sólo por el hecho de ser mujer.

Pero me apetece compartir algo personal que puede hacernos reflexionar.

Hace muchos años, de camino a casa, me detuve en una pizzería muy conocida y céntrica en La Ramblas de Barcelona. Era la hora de cenar, el restaurante estaba lleno hasta arriba y pregunté si podía ir al baño. El baño estaba abajo, había que bajar unas escaleras. Un baño muy pequeño. Tenía tanta urgencia que ni siquiera cerré con pestillo. De pronto la luz general se apagó. Sólo quedó encendida la de mi baño. Escuché un ruido muy sutil, como de papel, y instintivamente me puse en alerta. La puerta de mi baño no llegaba hasta el suelo, empezaba dos o tres palmos más arriba.  Sin mover mis pies, me agaché muy lentamente. Allí estaba. Un hombre, vi el reflejo de sus gafas, agazapado, esperándome. Me abalancé a la puerta para cerrarla con el seguro. Él también se abalanzó. Forcejeamos. Era un hombre muy alto, muy grande. No logré verle la cara. En el forcejeo, la puerta me golpeó la cara tan fuerte que al día siguiente tenía una parte de mi boca totalmente negra. Y grité para que alguien me oyera. Grité tan fuerte que se me escuchaba arriba en el restaurante. Grité tan fuerte que mis gritos se oían desde la calle.

Nadie bajó. Nadie.

Yo jamás dejé de gritar. Me contaron, que el hombre salió por su propio pie. Todo el restaurante en silencio mirándolo. Mis gritos seguían. Salió andando y cuando llegó a la puerta de entrada, echó a correr.
Yo no lo sabia, estaba en pánico y seguía pidiendo ayuda. La primera persona que bajó fue un señor argentino que me había escuchado desde la calle. Sólo entonces bajó el personal del restaurante. Abrí la puerta. No podía apenas hablar. Temblaba. Me subieron arriba y todo el mundo me miraba sin articular palabra. Me sentí observada, avergonzada. Me dieron una tila. Sola en una mesa con cincuenta ojos encima de mí, magullada y sin poder dejar de temblar. Me fui.
No lo denuncié. No vi su cara. No quería volver al restaurante, de hecho jamás he vuelto. Mi tío quería llevarme a la policia y yo sentía pura vergüenza. No puedo explicármelo ahora, pero así me sentí. Quería olvidarlo. Se que no es lo correcto, de hecho es terrible, pero así fue.
De esta historia, me acompañan a día de hoy dos cosas. Una, la inseguridad de saber que a veces, estar rodeado de gente no es sinónimo de estar a salvo.  La segunda, soy incapaz de ir a un baño sola  en el que tenga que subir o bajar escaleras. Es un miedo irracional, pero no injustificado. Es un miedo que no quiero transmitir a nadie. Pero la realidad, es que como sociedad, tenemos muchísimo trabajo todavía. Estamos lejos, muy lejos de pensar que estamos seguras.