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Un documental ‘in my mind’

Hoy he decidido publicar ‘Un documental in my mind’, parte de un capitulo inicial de mi libro: EL SEXO SENTIDO (Espasa) que al final no llegó a publicarse entero. Es de mis primeros intentos de escribir algo digno…a ver qué os parece, admito que tengo curiosidad por saber qué pensáis.

Imaginando un documental en mi cabeza…UN DOCUMENTAL DE TANIA ‘RODRIGUEZ DE LA FUENTE’

Pensando como creo que lo haría el maestro Punset, para intentar buscar respuestas sobre nuestra sexualidad humana, la primera parada lógica es estudiar los hábitos reproductivos de otras especies del planeta ya que los humanos, somos una especie más de todas las que habitan y moran este planeta que llamamos Tierra. Los humanos, lo admitamos o no, somos un animal más del reino. El hombre no deja de ser un mono con más memoria, es obligada la visita a la naturaleza animal para entendernos mejor como raza humana… y también animal.

Pasión es lo que siento yo por los documentales, por eso estudié la carrera de Dirección de Documentales de base antropológica en la Universidad de Portsmouth (Inglaterra). Si este estudio sobre el sexo humano se tratara de una de las entregas de El Hombre y la Tierra de Félix Rodríguez de la Fuente, seguramente la voz en off diría: «La madre naturaleza es sabia y nos diseñó a todos para el placer en la reproducción. El sexo es bestialmente universal, toda la flora y la fauna lo practica». La pregunta es: ¿qué diferencia al humano del resto de animales?

El lenguaje, dirán algunos, pero lo cierto es que los animales son capaces de comunicarse entre ellos y también con nosotros. Otros afirmarán que los sentimientos. Parece que la gente que no se entera: los animales también sienten y padecen. Habrá quién responda que el suicidio es una acción exclusiva de seres que son conscientes de su existencia, que piensan luego existen… o deciden dejar de existir a través de esta vía. Ni siquiera en esto, en la muerte voluntaria, estamos solos: se ha descubierto recientemente que en algunos casos los delfines descienden a las profundidades del mar, donde mueren al no subir de nuevo a tomar aire (YO NO HE ENCONTRADO NADA DE ESTO; SÍ DE VARAMIENTOS Y MUERTES INCLUSO DE ‘MANADAS’ DE DELFINES O BALLENAS, Y SE HABLA DE SUICIDIOS, PERO AL PARECER PUEDEN SER CAUSADOS NO POR UNA DECISIÓN SUYA, SINO POR CONTAMINACIÓN, ENFERMEDAD…)¡¡¡¡ES DEL DOCUMENTAL ‘THE COVE’.¡¡¡¡¡¡¡¡¡. También es frecuente que decenas de ballenas aparezcan misteriosamente varadas y muertas en la playa. Se ha documentado un caso en Florida en el que estos cetáceos se dejaron arrastrar mortalmente por las olas hacia las rocas. Es curioso también el caso de varios asnos de Sharbish, una población en el delta del Nilo, en Egipto, que en 1966 se suicidaron a cabezazos contra un muro.

En el sexo, como en otros placeres, en la variedad está el gusto, y no solo en el gusto humano: los animales son promiscuos. De hecho, se han documentado conductas homosexuales en un gran número de especies (más de 400). La masturbación, la heterosexualidad, la homosexualidad, la bisexualidad, la intersexualidad, la monogamia, la poligamia, el sexo oral… son todas conductas sexuales manifiestas entre distintas especies animales y, al parecer, bastante común entre mamíferos, aves e insectos.

Uno de los estudios más significativos es el de los chimpancés bonobo o pigmeos. Los machos practican lo que se denomina ‘frote’, una práctica sexual en la que dos varones se rozan los penes erectos sin que haya penetración. Además, practican sexo cara a cara tanto con miembros de su mismo sexo como del opuesto, e incluso existen ejemplares ‘orgullosos’ que pueden ir de rama en rama con la cabeza bien alta, ya que los pigmeos de conducta homosexual pueden llegar a adoptar y criar miembros huérfanos de su especie satisfactoriamente. ¡Más monos ellos!

Todo esto nos lleva a responder esta cuestión de forma sencilla: la única diferencia entre el ser humano y el resto de animales es que nosotros cocinamos nuestro alimento y ellos no. Ya está. No hay más. Fin de la incógnita. ¿Increíble no? Si parto de que la diferencia entre nosotros es tan mínima como controlar el fuego y cocinar nuestra comida, entonces quizás nuestros rituales reproductivos sean muy semejantes al ritual amoroso de un par de chimpancés.

Hablamos de instintos básicos, fuertes y claros: hablamos de lo natural. Un interesante estudio llevado a cabo por Patt Deaner, de la Universidad de Carolina del Norte, demuestra que los monos machos son capaces de no comer o beber con tal de poder ver y admirar el trasero de las hembras de su especie. Y si entre los primates prima la reproducción a la supervivencia a corto plazo, seguramente nosotros tengamos el mismo instinto o parecido por lo menos.

Voy a lanzar osadamente unas preguntas al aire:

-¿Nosotros somos tan distintos a los primates? -

¿Somos muy diferentes a los monos de los que procedemos? La respuesta para mí es NO. El deseo sexual es solo una de las múltiples motivaciones básicas del comportamiento animal: todas las especies que tienen reproducción sexual, y todas las culturas humanas, ponen un juego una serie de conductas parecidas que se dividen en: cortejo, intimidad y actividad sexual. Así que somos iguales y también distintos a los animales que comen comida cruda, y quizás hasta ‘superiores’ en algunos sentidos, pero nobleza animal obliga, la esencia animal no se puede perder. Los instintos más básicos, a pesar de nuestra moderna sociedad, siguen aquí y ahora, latentes en nosotros.

De hecho haciendo un estudio de la flora y la fauna del planeta a los largo de los siglos, podemos concluir que no existe la estricta heterosexualidad, ni la homosexualidad ni la bisexualidad, en ninguna especie. Le pese a quién le pese. Es lo que hay. La naturaleza nos lo grita que solo existe la sexualidad a secas y los casos se cuentan por miles en el reino animal. A mí me da qué pensar y más si te documentas sobre la historia humana, sobre nuestro pasado.

UN PASEO POR NUESTRA HISTORIA

La historia de la vida es la historia de la sexualidad. La historia también nos ayuda a terminar de asentar la teoría de la libertad en la selección de la orientación sexualidad. La historia nos enseña que igual de natural es acercarse a tu propio sexo para recibir amor, mimos y placer como lo es acercarse al sexo opuesto para intimar y poder gustosamente reproducirse.  En la era de las cavernas y los clanes, los hombres alpha eran cazadores que permanecían durante meses en cuevas en las que el macho más fuerte seguramente se trincaba al débil. En las primeras manifestaciones de arte rupestres son frecuentes las vulvas grabadas en piedras y los grandes falos como símbolos de la fertilidad. La mujer era la Gran Diosa, pues era capaz de dar vida, e incluso los antropólogos plantean el matriarcado como la forma de organización social. Esta no necesitaba al hombre en los albores de la Humanidad, cuando éramos monos y caminábamos a cuatro patas. Fue en el momento en el que aprendimos a andar sobre dos piernas cuando llega el problema: ahora que sólo había dos brazos era común que la mujer no tuviera manos para los niños y las labores. La necesidad agudiza el ingenio, y la mujer decidió dejarse de clanes y escoger un macho único para crear algo parecido a la familia moderna. Escoger entre el clan a un hombre que proteja y procure sustento para los suyos era la prioridad de las mujeres cavernícolas.  Lo que no ha cambiado nada hasta a día de hoy es que la mujer sigue siendo casi siempre quién escoge.

Los egipcios eran muy activos en materia sexual aunque no los mostraban abiertamente. El sexo era una parte importante de la transición hacia la otra vida. La fertilidad y la sexualidad formaban parte de la vida y también de la muerte. Incluso para renacer a la otra vida. Se practicaba la poligamia, el adulterio no era una ‘falta’ grave’ (como mucho podía costarle el divorcio a la mujer)  e incluso el incesto estaba permitido: Ramsés II convirtió a dos de sus hijas en unas de sus más importantes Esposas Reales.  El único tabú era el considerar la menstruación que se consideraba impura, al extremo de dispensar a ciertos trabajadores de acudir a su puesto durante los días en que la tenía su esposa.

Grecia y Roma fueron también dos civilizaciones bastante lujuriosas y permisivas en el terreno sexual. La helena fue la primera en aceptar la homosexualidad. El matrimonio solo servía para la procreación. Los hombres atenienses no esperaban amor o sexo placentero de sus mujeres, eso solo podían encontrarlo con los de su mismo sexo. Ellas, sin embargo, estaban sometidas a la subyugación absoluta por parte del hombre. Eran confinadas, aisladas en su hogar con el único fin de tener hijos varones con los que perpetuar la estirpe. Los hombres más jóvenes tenían amantes de mayor edad en una relación sexual aceptada. En Atenas, además, existía otro tipo de mujeres que sí podían dar amor, sexo y conversación: las prostitutas. La prostitución era legal, incluso pagaban impuestos que fijaba el estado. Mientras las casadas eran sumisas, las prostitutas sí podían disfrutar del sexo y coquetear. Así es como llega a surgir el verdadero romance entre hombres y mujeres.

Los romanos asimilaron mucho de la cultura griega, pero el papel de la mujer dejó de ser el de esclava del hombre. Ya no eran posesión de sus maridos. Los manuales de sexo romano señalan el orgasmo femenino como el fin de una relación sexual en el que era necesario detenerse en todas las partes del cuerpo de ellas para llegar al clímax. El matrimonio era una unión más allá de la procreación. El ideal romántico era una unión entre hombre y mujer.

Con la caída del Imperio Romano nos sumergimos en el oscuro periodo de la Edad Media que trae consigo el fin de la permisividad sexual. Las relaciones sexuales se restringen al orden establecido, y fuera de este se actuaba contra natura y la recta razón: el adulterio, la prostitución, la homosexualidad, el incesto… eran merecedores de castigo. La única unión permitida era entre personas de sexo opuesto y con un único fin: la procreación.

Para la Iglesia, las infidelidades conyugales tenían la misma trascendencia tanto para hombres como para mujeres. Sin embargo, para la sociedad medieval estos deslices podían acabar con el nacimiento de hijos bastardos, lo que ponía en peligro el orden natural de la descendencia y la transmisión de la herencia familiar. En el caso de los hombres se hablaba de amancebamiento. El término adulterio se reservó a las mujeres, y conllevaba una sanción mayor que las infidelidades de sus maridos, lo que se tradujo en una gran desigualdad penal en favor de estos.

Es cierto que hubo quien nadó contracorriente. Bernardo de Gordonio, un reputado médico del siglo XIII, aseguraba que la práctica del sexo (con moderación, eso sí) acarreaba beneficios saludables, y en su obra Lilium medicinae advertía de los efectos negativos de la abstinencia sexual, en especial para las mujeres. Un adelantado a su tiempo el tal Gordonio.

Sin embargo, la creencia dominante era la de considerar el sexo como algo impuro. Otro galeno anterior a Gordonio, el italiano Constantino El Africano, defendía que el coito tenía efectos secundarios adversos como tristeza, debilidad, hinchazón de vientre, dolor de cabeza, contracciones, olor corporal desagradable, temblores… —¡Con lo que nos gusta que nos tiemble todo al terminar!— Para luchar con los pensamientos impuros los hombres eran sometidos a sangrías y las mujeres libidinosas se les recetaban fumigaciones que se aplicaban en su vagina con ayuda de una perilla.

El sexo se seguía practicando, pero comenzó a considerarse un tabú y se reguló de tal manera que en Inglaterra llegó a ser necesario contar con una «licencia para follar»: las parejas que querían tener hijos debían solicitar al rey una bula que les permitiera concebir. Quienes la conseguía colgaban en las puertas de sus casa un cartel que rezaba: Fornication Under Consent of the King (fornicación bajo el consentimiento del rey). Del acrónimo surgió la conocida y muy utilizada expresión inglesa “fuck”. En spanish, follar. También en Inglaterra durante la época victoriana, si una mujer entraba en un ataque de neurosis, era el médico quién le procuraba una saludable solución: un orgasmo. Los médicos practicaban orgasmos a las mujeres ‘neuróticas’, yo hubiera sido una neurótica grave seguro.

El Renacimiento devuelve al hombre a su lugar como el centro de todo y las miradas, y las mentes, se vuelven hacia terrenos más mundanos. Leonardo da Vinci descubre que durante la erección el pene se llenaba de sangre, aunque se equivocaba al creer que este miembro tenía voluntad y vida propia.

La ciencia avanza y así alcanzamos la Edad Moderna, donde los condicionantes sexuales se van relajando en cierta medida… aunque casi exclusivamente para los hombres heterosexuales. Ser homosexual era motivo suficiente para dar con tus huesos en la cárcel y la mujer seguía subordinada al hombre en todos los ámbitos de la vida.

Tenemos que esperar hasta el siglo XX para asistir al despertar de la libertad y tolerancia sexual. Primero, con la revolución feminista, cuando la mujer lucha por la igualdad de derechos con los hombres. Después, con la comercialización de la píldora anticonceptiva en Estados Unidos en 1960, lo que permite dejar de asociar el coito con el riesgo de embarazo. Es el germen de la revolución sexual de los años 60 y 70. Las relaciones sexuales se generalizan, los armarios comienzan a vaciarse, y a pesar del frenazo de los años 80 con la aparición del SIDA, el fenómeno es imparable. El sexo comienza a verse con normalidad y naturalidad. Porque Damas y Caballeros, ¿acaso existe otra manera de verlo y de vivirlo?

Moraleja del documental:

Si analizamos con detalle este repaso por la historia sexual de la humanidad tal vez podamos llegar a conclusiones más fehacientes. Una de ellas es que puede que elijamos tener sexo con el contrario, condicionados o condicionadas por toda esta herencia histórica. Todo tiene su lógica: seguramente una persona de tu mismo sexo, aunque fuese inexperta total, te regalaría mucho más placer en un encuentro sexual que otra más experta del sexo opuesto. Por la razón más simple del mundo: porque ambos tenéis el mismo cuerpo y por lo tanto entiendes mejor las corrientes de placer del cableado sexual de los que comparten tu mismo género.

Otra conclusión que se me ocurre es que nos rodeamos de los de nuestro propio sexo, simplemente, porque nos sentimos más cómodos. En la infancia normalmente invertimos más tiempo con estas personas, y lógicamente creamos con ellas vínculos afectivos y emocionales más íntimos. Es lógico y natural, insisto, que nos acerquemos a quien mejor conoce nuestro cuerpo y aquellos con los que estamos más íntimamente ligados.

Muchas veces tenemos nuestros primeros roces ‘jugando a médicos’ o buscando a tus amigas en las tinieblas. Y con nuestra imaginación y, de la manera más inocente, estamos dando nuestros primeros y tímidos pasos del viaje hacia nuestra sexualidad.

Igual podemos aprender algo a través de la historia de las relaciones sexuales de otras culturas y otros tiempos. Si en algunas culturas el mismo sexo era apreciado para proporcionar placer, sería por alguna razón. La historia nos enseña que el sexo no entiende de sexos y también nos da claves sobre muchos de los problemas que han tenido las mujeres con respecto a su sexualidad.

El sexo es universal y la mayoría de nosotros somos promiscuos por naturaleza lo cual viene a romper muchos mitos y tabúes. A mí sé que me ha roto más de un esquema mental habitual mío ¿el qué te ha roto más de un esquema o es: se me ha roto más de un esquema con esto? Y qué decir tiene que igual que los monos machos están dispuestos a dejar de comer o de beber por sentir estímulos sexuales, nosotros somos muy parecidos en materia sexual. Romper mitos podría ser el mejor modo de abrir la mente y eliminar más de un conflicto innecesario.